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Source:  http://loshernandez.wordpress.com/2011/08/27/juventud-35/
 
 

Juventud (35)

Artículo publicado por Luis Hernández Alfonso el 6 de octubre de 1935 en la sección «Juventud» de la revista «Crónica». Texto y titular proceden de la Hemeroteca Digital de la Biblioteca Nacional de España.

Vocación.

Varios lectores nos han escrito para solicitar nuestra opinión sobre un problema secular en los hogares españoles: el que plantean las vocaciones contrariadas por exigencias familiares, inspiradas frecuentemente en un sentido excesivamente utilitario de la vida. Hay padres que formulan preguntas peregrinas, como por ejemplo: «¿No produce más dinero la carrera de veterinario que la de Filosofía?».

Si estas preguntas las hicieran los jóvenes interesados, la contestación sería muy fácil de dar, puesto que, por el mero hecho de hacerlas, quedaban descartadas las cuestiones relativas a la vocación. El muchacho que sólo piensa en la mayor o menor facilidad de ganar dinero al escoger carrera, no siente inquietudes espirituales. Basta un cálculo de las posibilidades económicas de las distintas profesiones para llevar la tranquilidad a su ánimo.

Pero son los padres, no pocas veces, los que nos consultan, atormentados por la duda, acerca de la utilidad práctica de las diversas disciplinas y también —en honor a la verdad— por escrúpulos inspirados en el temor de causar perjuicios hondos a sus hijos al oponerse a sus vocaciones íntimas y fervorosas.

Cierto que la juventud, por su inexperiencia y con los sueños que impiden ver la realidad amarga, tropieza con ésta, antes o después, y sufre entonces un tormento tanto más difícil de soportar cuanto que no estaba preparada para ello. Y no lo es menos que, con frecuencia, el capricho infundado se convierte de modo ficticio en vocación. Se dan casos de muchachos que quieren ser militares por usar uniforme, o policías por llevar placa y pistola; aspiraciones banales, que, lógicamente, no llenan una vida.

Pero también sucede con frecuencia que en aras de un mezquino afán de ganancias, se hace con apuros un mal médico de quien pudo ser gran ingeniero. Con ello se perjudica al individuo y a la colectividad, lo que aconseja proceder con el mayor cuidado en la opción.

Problema y solución.

Es necesario abrir los ojos a la luz y desvanecer equívocos de lamentables consecuencias. Para ello es indispensable discernir si se trata de una verdadera vocación o de un capricho sin fundamento. Como va en ello la trayectoria de toda una vida, su triunfo o su fracaso, vale la pena de estudiarlo con amplitud y sin prejuicios. Aparte de toda otra circunstancia, es indudable que, dadas las mutaciones de la sociedad contemporánea —más rápidas y profundas cada día—, es preferible, aun desde el punto de vista utilitario, seguir el sentido de la vocación, fundada en inclinaciones, afectos y aptitudes naturales que representan, ya por sí solas, posibilidades fácilmente traducibles en ventajas prácticas, que sucumbir al reclamo de perspectivas oficialmente creadas por condiciones transitorias de la vida, que cambian con ellas y sufren continuamente variaciones de graves consecuencias. Y nada hay peor que seguir una carrera a disgusto, imponiéndose un sacrificio íntimo, como es la renuncia a los más puros estímulos, para encontrarse al final sin satisfacción ni provecho, es decir, en plena bancarrota material y noral y sin caminos que conduzcan ya al horizonte que, años atrás, pudo alcanzarse.

Mientras sea factible, debe, a nuestro juicio, intentarse armonizar vocación y conveniencia. Cabe, incluso, el aseguramiento de ésta mediante la abierta protección de aquélla, si no existe una absoluta y manifiesta incompatibilidad. De este modo puede conseguirse que, por ejemplo, un joven cuya vocación sea el cultivo de la música, obtenga, como reserva para en caso de serle preciso, el título de médico o de abogado, cohonestando los estudios de Medicina o Derecho con los del sublime arte de Liszt y Beethoven.

Dilema.

Si no es así; si, por el contrario, vocación y conveniencia son incompatibles; si es necesario sacrificar una para asegurar la otra…, nuestra opinión es terminante. En interés de la colectividad y por el bien del individuo, se impone el respeto a la vocación, lo que no es, después de todo, sino respeto a una ley natural que dota a cada hombre de aptitudes y anhelos distintos de los que poseen sus semejantes. No se «fabrican» ingenieros ni filósofos; los que, contra su voluntad, logren obtener un título, jamás serán otra cosa que vulgarísimos constructores de puentes o inútiles archivos de ideas ajenas. Y vivirán amargados doblemente: por el ejercicio forzado de un «oficio» que no les agrada y por el no ejercicio de una actividad por la que sienten hondo afecto. En lugar de un apostolado fervoroso, una penosa obligación.

Cada ser humano tiene encomendada una misión. Si acierta a cumplirla, todos sus sacrificios son fecundos y, aun en ellos, encontrará la incomparable satisfacción que proporciona la seguridad de cumplir un deber transcendental.

Ésta es nuestra opinión, nuestra convicción profunda y, al exponerla, contestamos a los amables lectores que nos han honrado sometiendo sus dudas a nuestro estudio.

Luis HERNÁNDEZ ALFONSO

~ por rennichi59 en Sábado 27 agosto 2011.

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