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Vista en HTML: Los hijos americanos de los Pizarros de la conquista

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Los hijos americanos de los Pizarros de la conquista

R. Cúneo-Vidal


Indivíduo de número del Instituto Histórico del Perú, académico Correspondiente de la R. A. de la H. de Madrid.



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Muertos Huascar y Atahualpa en la forma descrita por los historiadores, razones que hoy diríamos «de Estado» aconsejaron a Pizarro la conservación del incazgo peruano por el plazo que demandase la prosecución de la conquista, cuyos objetivos inmediatos eran la ocupación del Cuzco, la fundación de cierto número de ciudades mediterráneas escalonadas entre el Cuzco y Tumbes, y la habilitación en la costa del Chinchasuyo de uno o más puertos por los que comunicarse con Panamá y España.

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Se dieron cuenta el Gobernador y su asociado Almagro de que, dada la peculiar organización del imperio peruano, resumido, cual le veían, en la persona del Inca, aquello de mantener en rehenes disimuladas a un sucesor de Huascar, revestido con las apariencias del poder imperial, valdría cuanto tener en mano al país entero.

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Acordado este plan, y oído el parecer que los quepucamayos o analistas cuzqueños, Pizarro entregó la «borla» de inca al principe cuzqueño cuyo nombre de Inti Cussi Tupac Huallpa Yupanqui nos ha conservado Santa Cruz Pachacuti (véase Tres Antiguallas peruanas, publicadas por don Marcos Jiménez de la Espada), personaje al que los historiadores de la conquista llaman por turnos Tupac Huallpa, Tupac Yupanqui, Tubalipa y Toparca.

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Corto fué el reinado del sucesor de Huascar.

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Medio año más tarde, en Janja el Tulipa -según Pedro Pizarro-, estando un día con el Calcuchima (quiteño, general que había sido de los ejércitos de Atahualpa) el Calcuchima le convidó con un vaso de chicha, y en la chicha le dió ponzoña; de manera   —79→   que éste se fué consumiendo, y vino a morir al cabo de siete u ocho meses.

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Meses después, y estando a las puertas del Cuzco, Pizarro entregaba la borla imperial a Manco II, hermano del Tubalipa y de consiguiente de Huascar, Atahualpa, Paulo, inca, y de la infinita caterva de los hijos de Huayna Capac, los cuales sumaron doscientos, según los historiadores.

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Con la admisión en Cajamarca, en 1533, a sucesor de Huascar de Inti Cussi Tupac Huallpa Yupanqui, una a manera de alianza de familia pareció formarse entre Pizarro y el novel Emperador; circunstancia de que aprovecharon sus hermanos y aun alguno de sus capitanes para hacerse de «amigas» de sangre real.

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Y es que en la corte de dicho Inti Cussi y más tarde en la de Manco II, su sucesor, hallábanse congregados los últimos representantes del imperio peruano, a saber: muchos de los muchos hijos de Huayna Capac, muchos orejones allegados a la familia imperial y crecido número de pallas, ñustas y mamaconas.

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Francisco Pizarro, de sesenta años de edad, más sano y entero al decir de los historiadores, tomó para sí a la más joven de las hermanas del inca, hija, como él, de Huayna Capac, la cual, bautizada, fué conocida como doña Inés Huaylas Yupanqui.

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Un hijo de él, todo un Pizarro por lo paterno y todo un Yupanqui por lo materno, nacido a la sombra del trono de su Inca reinante, habría tenido el derecho de aspirar al primer puesto de la jerarquía peruana en formación y el de contar con la implícita fidelidad de sus hermanos los americanos.

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Este parece haber sido un secreto pensamiento de Francisco Pizarro, no sospechado de los historiadores: procrear hijos dignos del sino español que les venía por el azar de su nacimiento   —80→   y de la sangre indiana que corría en sus venas: pastores natos de pueblos con los que fundar un linaje y aun puede ser que una dinastía...

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La joven compañera de Pizarro, hija de Huayna Capac, y hermana de Huascar, según está dicho, era hija, por otra parte, de la coya Hanan Collque, hija a su vez de Huacachillac Apu, el mayor señor de la provincia de Huaylas, según resulta de cierta documentación inédita que hemos tenido ocasión de consultar en el Archivo Nacional de Madrid, titulada Genealogía de don Melchor Carlos Inga.

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Los Huacachillacs de Huaylas representaban por entonces la más alta nobleza peruana allegada al trono.

«Consta de declaraciones -se dice en la documentación aludida- como Huayna Capac tuvo por mujer legítima, según su ley, a Hanan Collque, hija de Huacachillac, el mayor señor de la provincia de Huaylas, el cual, por ser señor principal, bien pudo casar a su hija con el dicho Emperador.

La dicha Hanan Collque, mujer de Huayna Capac, andaba en andas y con quitasol, y se llamaba coya, que era nombre de reina y se daba a las mujeres legítimas de los incas».



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En doña Inés Huaylas Yupanqui tuvo Pizarro dos hijos: Gonzalo y Francisca, los cuales ordenó el emperador Caros V que se tuviesen por legítimos, por cédula de Monzón y 12 de octubre de 1537.

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Más tarde tuvo el Marqués un tercer hijo, Francisco, y fué en mujer menos joven, queremos decir en doña Angelina Yupanqui, hermana de doña Inés y de Huascar, y aun creemos que de doña Isabel Palla Yupanqui, la amiga del capitán Garcilaso de la Vega, el conquistador, y madre de Garcilaso de la Vega Inga, el historiador, la cual doña Angelina casó años después con el conquistador y cronista Juan Díaz de Betanzos.

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Herrera, en su Historia de los hechos de los castellanos en   —81→   Indias, habla de los tres hijos del Marqués en el orden en que los dejamos mencionados en el presente artículo: Gonzalo, Francisca y Francisco.

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Garcilaso, en sus Comentarios reales, habla de Francisco, al que conoció en el Cuzco, siendo niños ambos, y del que dice que fué «grande amigo y émulo mío, porque, de ocho o nueve años que éramos, nos hacía correr y saltar su tío Gonzalo Pizarro».

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Creado marqués en 1537, Francisco Pizarro se propuso ilustrar el linaje de doña Inés, y a Reyes de Armas de España mandó formar un escudo de armas que respondiese a la doble alcurnia americana y a la alianza española de aquélla.

Quiso además que constase por medio de la Heráldica la existencia y el lustre del hermano de madre de sus hijos, y mandó pintar el retrato de Inti Cussi Tupac Huallpa Yupanqui, del que se conserva copia en el Archivo general de Indias de Sevilla.

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Doña Francisca Pizarro nos ha dejado el retrato de su madre doña Inés Huaylas Yupanqui.

Nos referimos a un busto en piedra que figura en la ornamentación del Palacio de la Conquista de Trujillo de España.

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Hernando Pizarro no tuvo hijos con las indias nobles de la Corte de Tubalipa, a las que hubo con violencia, propia de su carácter imperioso y sensual.

Con una india noble de la corte de Manco II tuvo un hijo, del que habla Garcilaso como nacido en el Cuzco y muerto en la infancia.

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Juan tomó para sí una PALLA, cuyo nombre no nos han conservado los historiadores, en la que hubo una hija llamada doña Francisca Pizarro, cuya legitimidad pone en duda en su testamento; la cual doña Francisca casó en debida sazón con Garcilópez González, de quien hubo, entre otros hijos, a una doña Francisca Vásquez Pizarro, tina de cuyas hijas, doña Cecilia Pizarro, casó   —82→   en el Cuzco con Gaspar Carroz (véase Cartas y documentos de Virreyes y gobernantes del Perú, coleccionados por Roberto Levilier, t. II).

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Gonzalo, por último, tomó por concubina a una ñusta del aillo Iunquill Tupac Yupanqui, de la corte de Inti Cussi Tupac Huallpa Yupanqui, en la que hubo tres hijos: Juan y Francisco, muertos en la infancia, e Inés, la cual le sobrevivió buen número de años y casó en España con su primo hermano Francisco Pizarro, el tercer hijo del Marqués, habido en la ñusta doña Angelina Yupanqui.

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En resumen: cinco Pizarros: Francisco, Hernando, Juan y Gonzalo Pizarro y Francisco Martínez de Alcántara, y ocho retoños americanos de Pizarros.

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Esta que llamaron parquedad de los Pizarros en poblar un imperio conquistado por su esfuerzo, es hecho para sorprender al historiador.

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La verdad del caso es que ellos, a título de tales conquistadores, fueron señores y árbitros en el sentido más lato de la palabra, del mundo quechua venido a su poder.

Suprimido el incazgo peruano y dispersado el sacerdocio cuzqueño, la dos terceras partes de cuanto contuvo el Tahuantinsuyo dentro de sus dilatados confines fueron prácticamente del puñado de conquistadores españoles que en breve tiempo dieron por tierra con aquel aparato imperial y sacerdotal de creación inmemorial.

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Al Apu Francisco, o si se quiere al Machu Capitán -que con ambos nombres fué conocido el Marqués-, le correspondió, en virtud del especial modo de ser del imperio peruano, el millar de COYAS, ÑUSTAS, PALLAS y MAMACONAS que compusieron el anillo nupcial de Huascar y Atahualpa.

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Y es -creemos- que la magnitud de la obra en que los heroicos   —83→   hermanos se vieron empeñados, los peligros de que se vieron cercados, la disciplina que se vieron obligados a inculcar con el ejemplo entre sus subordinados, y sobre todo, cierta mesura y cierto reposo, propios de su condición de extremeños, los retrajeron de los excesos carnales y del sibaritismo, que condujo a su derrota física y militar a Aníbal en Capua.

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En la prolificación de los Pizarros de que venimos tratando llama la atención del sociólogo la mediocridad manifiesta del producto humano en ella logrado.

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Los más de sus hijos americanos mueren obscuramente en la niñez, puede que malqueridos de sus madres indianas, las cuales no pudieron dejar de ver en ellos al fruto de la violencia del blanco, a tiempo que semiolvidadas de sus padres españoles, cuyo corazón parecía responder a solicitaciones más imperiosas que las del simple cariño paternal: las de la ambición y de la gloria.

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Duro predicamento, en verdad, el en que se vieron colocarlas las desdichadas princesas indianas, arrancadas, en pleno fragor de tragedia, de un tálamo imperial, para responder pasivas a las solicitaciones amorosas de hombres en quienes veían al matador del esposo y del hermano y al verdugo de la nacionalidad.

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Hubo, indudablemente, en aquellos ayuntamientos de la mujer perteneciente a la raza vencida con el español imperioso -el canca, término de la lengua quechua cuya traducción preferimos silenciar- ocultas congojas e invencibles repugnancias de casta y de educación que nunca se sabrán...

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Comoquiera que sea, en doña Francisca Pizarro, «la marquesa», dió buena muestra de sí la sangre de los ilustres linajes que se vieron reunidos en su persona.

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Ella fué, según los historiadores, mujer de nobles prendas y de ánimo levantado; sus sienes bien merecieron la corona marquesal que le trasmitiera su ilustre padre.

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Cuando ocurrió, en 1541, el fallecimiento de su padre por obra de los partidarios de Almagro el Mozo, doña Francisca, de no más de nueve años de edad, fué con su madre doña Inés y con su hermano Gonzalo, de Lima a Quito, a echarse a los pies del gobernador Vaca Castro, en demanda de protección y de justicia.

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Vaca de Castro trajo consigo al Perú a aquellas huérfanos tan cruelmente agraviados, y los depositó, de primera intención, en el valle del Chimú, en poder de los caciques de Chanchán y de Conchucos.

En Chanchán murió Gonzalo, el hijo en el que el Marqués tenía fundadas tantas y tan caras esperanzas.

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Del poder de sus deudos indianos doña Francisca y su medio hermano Francisco, el hijo de la ñusta Angelina, pasaron a poder de Nicolás de Rivera, nombrado su tutor, en Lima.

En 1551 el gobernador Vaca de Castro, obedeciendo una Real orden, dispuso que Francisca Pizarro y su medio hermano Francisco, únicos hijos sobrevivientes del marqués Pizarro, pasasen a España.

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Encargado de acompañarlos fué el capitán Francisco de Ampuero, su padrastro, como segundo marido que fué de doña Inés Huaylas Yupanqui.

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Ambos embarcaron en el Callao, a mediados de abril de 1551, en la nao de un Bartolomé de Maya, y después de recalar en Guañape, Chimbote y Paita, llegaron a Panamá a principios de mayo, y de allí pasaron a Nombre de Dios, a la espera de que estuviese en punto de zarpar para la Península un galeón del que era maestre un Martín de Iguarrola, vizcaíno.

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Dios y buen viento mediante, los viajeros llegaron a Sevilla a fines de julio de dicho año de 1551 y de allí siguieron a Trujillo, para pasar, por las Navidades, a Medina del Campo, en cuyo castillo de La Mota purgaba carcelería desde once años atrás su tío Hernando Pizarro.

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Medio año después, contra todo razonable discurso, Francisca Pizarro Inga, de no apenas veinte años de edad, casaba con su tío carnal Hernando Pizarro, de más de setenta.

Diferentes consideraciones parecían oponerse a la posibilidad de un tal enlace: la notable diferencia de edad entre ambos contrayentes, el grado de estrecha afinidad que entre ellos existía y, más que todo, por parte de Hernando, su condición de hombre moralmente reatado en vida a otra mujer -doña Francisca Mercado, noble doncella de Medina del Campo- y a los hijos nacidos de una relación próxima, según parece, a recibir la sanción de los altares.

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Como quiera que sea, mediando ya la persuasión, ya el engaño por parte de Hernando; o bien, por parte de Francisca, una abnegación heroica, aquel desigual casamiento se llevó a efecto, y Francisca Pizarro pasó a ocupar en el castillo de La Mota el lugar que perteneció a la Mercado, a tiempo que ésta, amargada, emprendía el camino del convento que tuvo elegido como anticipada tumba para su condición de desengañada.

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En 1560, libre de la carcelería de Medina del Campo, Hernando Pizarro y su joven esposa doña Francisca pasaron a establecerse en Trujillo, cuna de su linaje. Allí edificaron el noble palacio de la Conquista. Allí murió ciego y centenario Hernando en 1580.

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Mientras aquello ocurría, vivía, antes pobre que holgadamente, en Trujillo, el medio hermano de doña Francisca, Francisco Pizarro, hijo del Marqués en la ñusta Angelina, no legitimada y de consiguiente no admitido a su herencia, casado con su prima hermana doña Inés Pizarro, hija de Gonzalo Pizarro, el   —86→   que por poco no se coronó rey del Perú, la cual doña Inés, viuda en 1559, casó en Trujillo con Francisco de Hinojosa, capitán famoso que había sido en el Perú.

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Tres hijos nacieron del matrimonio de Hernando Pizarro con su sobrina doña Francisca: Francisco, Juan e Inés.

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El primero fué padre de un Hernando Pizarro en doña Francisca Sarmiento, noble dama de Trujillo, y éste poseyó, a la muerte de sus padres, los mayorazgos fundados por sus abuelos y por sus deudos Francisco, Juan y Gonzalo Pizarro.

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En 1640 el rey don Felipe IV le hizo Marqués de la Conquista, contra su renuncia al marquesado de Indias y a la merced de 20.000 vasallos a que tuvo derecho su bisabuelo el marqués don Francisco Pizarro.

El dicho marquesado de la Conquista quedó situado desde aquella fecha en La Zarza, heredad patrimonial de los Pizarros de Trujillo, lugar del partido de esta última ciudad en que transcurriera los años de la niñez del futuro conquistador del Perú.

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Muerto sin sucesión masculina dicho Juan Hernando Pizarro, el marquesado de la Conquista pasó a doña Beatriz Jacinta Pizarro Inga, la cual murió sin dejar sucesión masculina.

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Con ello el marquesado de la Conquista, el cual se había mantenido hasta este momento en la sangre de Francisco Pizarro y en la de Huayna Capac, por el órgano de doña Francisca Pizarro, nieta de aquel monarca, pasó, con los cuatro mayorazgos nuevos ya mencionados, a la rama colateral de los Pizarros Orellanas: Pizarro por Hernando Pizarro, y por su hija legitimada doña Francisca Pizarro Mercado (hija de Isabel Mercado, la abandonada de 1551), y Orellana por el matrimonio de dicha doña Francisca Pizarro Mercado con don Fernando de Orellana,   —87→   descendiente de Francisco de Orellana, el descubridor del río de las Amazonas.

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La sangre y apellido de los Pizarros de la Conquista descansa en nuestros días, al cabo de once generaciones en los Pizarros Orellanas de Madrid y Trujillo de Extremadura.

Representan al noble linaje don Agustín del Patrocinio de Orellana Pizarro y Pérez Aloe, onceno marqués de la Conquista, y don Antonio de Orellana Pizarro Pérez Aloe, vizconde de Amaya y sus respectivas familias.

Decir que aquella sangre y aquellos apellidos doblemente ilustres están dignamente representados, es decir cosas sabidas en toda España.

Cuanto se puede imaginar de nobleza de estirpe, de educación, de porte y de temperamento vese reunido en los Pizarros Orellanas de nuestros días.

El haberlos conocido y tratado en su tierra natal, y el haber sido bondadosa y cordialmente admitidos en la intimidad de sus nobles hogares y de sus nutridos archivos, en les que se halla prácticamente condensada la historia de la conquista de nuestro país, constituyen ciertamente acontecimientos gratos de nuestra vida de viajeros y de escritores.

Lima, 19 de febrero de 1925.





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