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Source:  http://loshernandez.wordpress.com/2011/04/12/la-propina/
 
 

La propina

Artículo publicado por Luis Hernández Alfonso el 17 de septiembre de 1931 en la sección «Comentarios» del diario madrileño «La Libertad». Texto y titular proceden de la Hemeroteca Digital de la Biblioteca Nacional de España.

Los camareros valencianos están en huelga. Piden la supresión de la propina y la substitución de tal ingreso por una remuneración que no sea directamente satisfecha por el público. La petición nos parece justísima y reveladora de la dignidad de unos trabajadores. Aun en pleno capitalismo, es absurdo que unos obreros estén a merced de la generosidad ajena y hayan de agradecer como favor lo que es simplemente pago de un servicio realizado.

¿Por qué ese monstruoso modo de allegar un salario? La percepción de propinas humilla a los camareros por situarlos en relación de dependencia con respecto al consumidor, y a éste, porque le expone a juicios y apreciaciones molestas cuando su voluntad es mayor que sus posibilidades económicas.

En general existe una injusticia en las relaciones entre el que ejecuta un trabajo y el que utiliza su esfuerzo; pero es más notable en el asunto de que tratamos. El operario que fabrica un par de zapatos no ha de agradecer nada al que los compra, como tampoco el barrendero a los que circulan por las calles que él limpia. Todo hombre realiza (o debe realizar) un trabajo que beneficia a la colectividad y es útil para la vida de ésta y de sus componentes. Todos y cada uno son necesarios; la convivencia social engendra mutua dependencia, y el que nos sirve café en un bar debe considerarse en el mismo plano que nosotros cuando nos sentamos ante una mesa del establecimiento para escribir un artículo. Él ejecuta su trabajo; nosotros, el nuestro. Y con ello cumplimos ambos el deber que nos impone la exigencia del trabajo como medio de obtener cuanto es preciso para nuestra vida.

Pues bien: la propina es una negación rotunda de esta lógica y natural consecuencia. Significa algo tan contrario a la razón como es el supuesto de que haya quien deba trabajar sin retribución alguna y a quien le concedemos voluntaria y graciosamente.

Cada ser útil está obligado a poner su esfuerzo al servicio del común interés, a cambio de lo cual tiene derecho a que se le garantice la satisfacción de sus necesidades. Cuanto no se base en este principio lógico es atentatorio a la justicia y debe condenarse.

Con lastimosa frecuencia los clientes de cualquier café se consideran con autoridad absoluta sobre los camareros que les traen lo que piden. Estos trabajadores, por depender su salario de la libre voluntad de los consumidores, no pueden rebelarse contra sus injusticias sin exponerse a la pérdida de un ingreso que es, indudablemente, tan debido y respetable como el del carpintero que construye mesas o el del periodista que escribe artículos.

En cualquier negocio, además, el pago del personal es un capítulo importantísimo de los gastos. Ninguna Empresa de seguros, ningún dueño de tienda, ninguna Compañía bancaria o de ferrocarriles… deja la remuneración de sus empleados a la voluntaria aportación de los clientes.

En un régimen social venidero, desaparecido el capitalismo y socializados la producción y el aprovechamiento, la convivencia se basará en principios de beneficio universal, no en privilegios de utilidad privada. No se «retribuirá el trabajo»: se exigirá que trabajen cuantos puedan hacerlo y se dará a todo ser humano (útil o imposibilitado) cuanto precise para la satisfacción de sus necesidades.

Tardará, quizás, bastante tiempo la implantación de ese régimen. Pero la espera no ha de ser ociosa; por el contrario, conviene laborar en sentido que facilite la transformación. Bueno es que los que se consideran investidos de superioridad con respecto a sus semejantes por el mero hecho de no depender de ellos, se acostumbren a mirarlos como iguales en obligaciones y prerrogativas. La sociedad es un conjunto de individuos en el cual nadie es nada sin el ajeno concurso. Mecanismo en el que tan importante es el eje como el más pequeño tornillo.

Si examinada con criterio comunista la propina es absurda, mirada con sujeción a la economía capitalista no lo es menos. En efecto: el consumidor acude a un establecimiento a condición de que se le sirva en la mesa lo que desee tomar; luego el servicio del camarero es parte indispensable del negocio. La propina no es obligatoria; cabe, pues, la posibilidad de que el consumidor no la dé. ¿Es que puede admitirse que los camareros trabajen sin retribución? Además, ¿en virtud de qué norma (ni aun con el criterio más cerradamente burgués) pueden los dueños de una industria beneficiarse con el trabajo gratuito de quienes son elemento imprescindible para su empresa?

*

Acaso alguno de nuestros lectores crea que concedemos excesiva importancia a una cosa baladí. Se equivocará; el hecho más insignificante en apariencia, y aun en sí, puede ser de enorme trascendencia como síntoma. ¿Quién se alarma por la simple aparición de una mancha rojiza en la piel? Sin embargo, suele así revelarse una gravísima dolencia. La más leve herida puede, infectada, dar lugar al tétanos. La picadura de un insecto microscópico determina la muerte de un hombre robusto.

La misión del cronista no es comentar exclusivamente los hechos grandes; ésos los ve el público sin necesidad de que nadie le haga fijar en ellos la atención. En cambio, puede encerrarse un hondo problema en cualquier noticia de tres o cuatro líneas, perdida entre otras muchas en las múltiples páginas de los periódicos, que casi nadie lee por completo. El cronista ha de extraerla de allí, estudiarla y desentrañar su contenido. Su pluma ha de ser escalpelo; sus razonamientos, terapéutica.

Por eso hoy hemos escrito este artículo. Porque la justicia debe ser una y la misma para todos; porque, moralmente considerado, un mal no es más o menos grave por su dimensión, sino por su índole; porque nuestro deber es amparar al humilde en atención a su doble derecho: el de defensa, que siempre acompaña al débil, y el de vivir con dignidad, que ahora reivindican los camareros de Valencia, interpretando, seguramente, el justo anhelo de sus compañeros de toda España.

LUIS HERNÁNDEZ ALFONSO


~ por eldoctorhache en Martes 12 abril 2011.

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